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Un coche eléctrico es como uno normal… pero distinto

Si nunca has conducido un eléctrico, es normal que te preguntes cómo se siente.

Aunque, en esencia, se conducen como sus hermanos de combustión, hay diferencias en casi todo.

Aceleración

La aceleración en un eléctrico es inmediata. Prácticamente no hay retraso entre pisar el acelerador y que el coche responda. A eso te acostumbras enseguida.

Al adelantar o al aparcar, es una ventaja enorme.

¿Y por qué es tan útil al aparcar?

Muy fácil: para meter el coche, a menudo hay que ir adelante y atrás. Aceleras, sueltas embrague y vuelves a frenar… un baile continuo con la palanca y el embrague.

En un eléctrico es distinto: no necesitas revolucionar el motor para avanzar unos centímetros.

Esos aparcamientos en los que hay que subir o bajar bordillos, hacia delante o marcha atrás, se resuelven mucho más fácil con un eléctrico.

Más distancia de frenado

La distancia de frenado puede ser mayor. Los eléctricos suelen pesar más por las baterías.

Muchos modelos ofrecen frenada regenerativa, que recupera energía al frenar y ayuda a retener el coche, pero en situaciones apuradas ese peso extra se nota.

Cuando los peatones no te oyen

La percepción de un eléctrico por parte de los peatones es curiosa: el silencio manda.

Al moverse casi sin ruido, pueden deslizarse por la calle sin que nadie los note. En calles estrechas sin acera, donde se comparte el espacio, eso es todo un reto.

Imagínate que vas paseando, con los sonidos de la ciudad de fondo, pero sin el típico ronroneo del motor que avisa de que se acerca un coche. La sorpresa llega cuando ya lo tienes al lado.

Esta nueva dinámica entre peatones y coches exige más atención por ambas partes y cambiar el chip, para que el gran silencio de la electromovilidad no se convierta en un riesgo en la vía.